Vivencias

Trucos de magia y propinas

Sí, estábamos en Agra, la ciudad del Taj Majalte construiré un palacio, como prueba de mi amor y devoción, mujer-. Estábamos en Agra cuando digo que nos reíamos del dueño del hotel, y sí, había dos mujeres extranjeras escribiendo postales en una mesa del comedor. Nos reíamos de la reacción del dueño del hotel, hombre de negocios, cuando Ariel les hizo un truco de magia a dos de sus empleados. Qué digo un truco, fue todo un set, una seguidilla de golpes a la razón, un mini show que se tenía siempre preparado.

En un momento tiró el mazo de cartas contra el techo, después de haberles hecho elegir una, y se armo un revuelo de cartas volando por todos lados, cayendo entre las sillas, debajo de la mesa, parecían mariposas soltadas de golpe, aleteando cara o ceca cara o ceca cara o ceca. Cuando todo se calmó nos señaló el techo y allá estaba pegada contra el cielo raso la carta elegida. Guau! Que alegría! Los empleados se quedaron con la boca abierta hechos dos pavotes inocentes. Pero el dueño enseguida se fue encima de Ariel para desenmascararlo. Tiraba manotazos de ahogado tratando de poner en evidencia el engaño, se le veía en la cara, la expresión, se sentía estafado, le revisaba los bolsillos, las mangas, miraba de un lado y de otro las cartas y no encontraba nada. El final fue apoteósico. Ariel sentado en una mesa empieza a toser, a toser, a toser, se va poniendo rojo, parece estar atragantado, entonces me pongo a pegarle en la espalda, todo el mundo alrededor de la mesa con cara preocupada, ¿qué le pasa? Magia, simple y hermosa. Una tira de papel le empieza a salir de la boca y no se acaba nunca. Todos aplauden salvo el dueño que pone cara de pícaro y se retira vencido. Me acuerdo que al recordar la situación para escribirla por primera vez en el diario enseguida pensé: “El dueño del hotel no goza con la magia”. Me parecía el comienzo perfecto para un relato al estilo Raymond Carver.

Agra, India. Enero del 2001. El dueño del hotel no goza con la magia. Cuando terminó el truco se lanzó dando manotazos sobre las cartas. “Lo estaban engañando, le hacían trampa”. En cambio los otros dos se reían. Se reían del dueño y de la emoción de no entender el truco. Eran dos musulmanes amigos viviendo en la India. El más viejo se decía de la nueva generación, y por eso tomaba whisky, cerveza y fumaba hash. El más joven levantaba pesas y comía doce huevos todas las mañanas. Era el de aspecto más tosco, con el bigote y sus joggings de ejercicio. El dueño era hindú y cuando dijo que me parecía a un terrorista, también me dijo que por qué no los pateaba de vuelta para Pakistán. Ellos se reían. Ya nos habían contado y no les importaba. No le hacían caso. El dueño era buena persona en el fondo, con un corazón claro, y aclaraban “es bueno decir todo lo que uno piensa”.

El mozo era un caso aparte. Con su imagen general de pájaro loco. Los gestos amanerados, los ojitos repicantes y una servilidad extrema. Se movía dando pasos cortos y rápidos, cargando la bandeja por el parque y agitado a causa de un café que se retrasa. Un pavo real solía cruzar por el camino de entrada mientras en el restaurante la pared se descascaraba y dos mujeres escribían postales.

Bueno, ahora está más o menos en el medio, la frase. Pero el final sigue siendo casi el mismo. En este hotel, y esto lo pienso recién ahora, vivimos un par de días en un clima como de aristocracia en decadencia, quizás por los jardines, claro, como en una novela del Gran Gatsby.

Y esto viene a cuento porque cerrando el cuadro estaba este sujeto, el hombre flaco con movimientos de pájaro, en extremo servil, corriendo de un lado a otro para atender a los huéspedes y preocupándose en aclarar que él no cobraba un sueldo, sino que vivía de las propinas que le dejaban. Más se parecía a un pájaro cuando decía “Palma de Mallorca”, lugar en el que nunca habíamos estado, y sonreía, nos asociaba con los españoles, entonces, cada vez que nos cruzaba decía “Palma de Mallorca” y todas las vocales parecían burbujear en el buche debajo de una gran sonrisa de niño. Había conocido a una mujer, de Palma, y no me acuerdo si no decía que era su novia.

Tengo la imagen de su despedida marcada a fuego. Su cuerpo flaco ahí parado sobre el pasto, levantando una mano para saludar y su sonrisa triste, infinitamente decepcionada porque nos íbamos sin dejarle nada de propina. Lo abandonamos. No sé por qué lo hice. ¿Torpeza, miseria humana, aires de astucia? En el fondo no lo sé, pero me arrepiento, eso sí, me arrepiento de haber sido tan miserable. Es algo muy típico de los occidentales cuando viajan por oriente, sentirse importantes y obsesionarse con no querer ser estafados. Con este pretexto se llega al extremo de regatear cualquier baratija a cualquier pobre diablo, como si se tratara de vida o muerte para uno, sin darse cuenta que tal vez sí lo sea para el otro. En realidad, pensándolo mejor, también vi esta actitud en turistas yendo a cenar a la Lonja, en Palma de Mallorca. La familia nórdica con los hijos adolescentes, el nene y la nena, todos con cara de cajita feliz aburrida. Se paran frente al paño de un uruguayo que hace artesanías con alpaca. Regatean de una manera tan vil que me dan ganas de partirles la cara, se creen astutos. En el fondo no hacen más que repetir la lógica de un sistema que los mantiene aplastados pero con el consuelo triste de que hay otros en peor situación, o con la ilusión infantil de que son ganadores y se están dando la gran vida. En fin.

En Agra también vimos el primer crematorio, una minucia al lado de lo que nos esperaba en Varanasi.

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2 comentarios sobre “Trucos de magia y propinas

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