Vivencias

Postales de recuerdos de viaje

7/5/2001

El día 1 fue ayer, domingo, nublado. Hoy, lunes, soleado, es el día dos. ¿Hasta dónde serás capaz de llegar?, me pregunta un sujeto de piernas largas y vientre redondeado. Vive en su casa de campo en el bosque, en la angostura de un valle profundo, junto al río que corre entre dos montañas. Se dedica a cortar, impedir bruscamente el crecimiento de alguna cosa. Lo tengo conmigo. No quiero preguntas me escribo. O si, preguntas si, pero no vallas. No quiero una línea de estacas hincadas en el suelo, o de tablas unidas, que cierre o cerque algún sitio. No. Quiero válvulas de mano, para fluidos, piezas móviles, que me permitan manejar la comunicación entre mis órganos y el exterior. Lo exterior a ellos. Así que al fin llegamos a Delhi. Una y media de la mañana y sólo tenemos el nombre de un hotel barato en donde nos espera C. El aeropuerto está oscuro, vacío y cubierto de tierra. Repaso mentalmente los consejos de la guía mientras esperamos las mochilas. Nunca diga que es su primera vez en India. Muchos taxistas tienen arreglos con agencias, intentarán llevarlo a una diciendo que su hotel está completo, que mejor corrobore por teléfono, bla, bla, bla, es sólo una treta para llevarlos a un hotel caro y ganarse una comisión. Las mochilas aparecen volcadas de espaldas sobre la cinta móvil. Cambiamos dinero y conseguimos un taxi.

Escribo en el living. Gilda se fue a la facultad. Aprovecho el lugar. La máquina sobre un colchón y yo sentado en un banquito pintado de rojo. Afuera los pájaros, el sol tibio, una brisa mueve las hojas del bananero y el cielo celeste con algunas nubes. Las fotos del viaje ocupan las paredes lentamente. Tres cabezas de mujer envueltas en nylon. Con sus perfectas naricitas respingadas, los ojos saltones y demasiado redondos. Las cejas pintadas. Tres cabezas de maniquí en una vidriera. Viajando por China es común ver varias peluquerías en la misma cuadra. Algunas son peluquerías todo el tiempo, pero otras cuando anochece, cambian de rubro. Las empleadas se maquillan, se ponen sus polleras cortas, sus zapatos de taco y parlotean alegres sentadas en la vereda mientras esperan algún cliente. Lo mismo ocurre con los karaokes. Fachadas. En un país comunista no puede haber prostíbulos a la vista. Siguen ahí mis tres cabezas de mujer. Envueltas. Enmarcadas. Con sus labios pintados y pegados. Colgando de una tanza sobre la pared del living. Ajenas al hombre que lee, inclinado sobre su pecho, en la misma pared pero un poco más arriba. Un sombrero circular le tapa la cara. Sigue los caracteres sobre la hoja con su dedo. Un bastón de bambú y la posición de los pies. Pekín. El avión desciende atravesando nubes oscuras. La ciudad se ve enorme y misteriosa. Hacemos la cola para el control de los pasaportes. Militares por todas partes. Sobre unos paneles electrónicos se ven imágenes digitales de la muralla china, los guerreros de terracota y un listado de advertencias legales para los recién llegados.

La sombra del cable contra la pared junto a otra foto. El sonido de un helicóptero. Un hombre duerme sentado en el cordón de la calle en Xian, la ciudad de los guerreros del emperador y de los tesoros desconocidos que aun permanecen enterrados. Tiene los zapatos sucios y gastados. Por debajo de las botamangas del pantalón se asoma un calzoncillo largo. El barrio musulmán. La mezquita. Apoya los brazos sobre las rodillas y la cabeza sobre los brazos. No se le ve la cara, sólo la gorra blanca de tela y una oreja que se asoma por un costado.

Llegamos a Xian antes de que amaneciera. En tren desde Pekín. Llovía. Alguien se nos acercó ofreciéndonos un hotel. Salimos de la estación. Lo seguimos esquivando el barro y las caras que nos miran. Esta oscuro. Siluetas y sombras se mueven dentro del túnel que atraviesa la muralla hacia la parte vieja de la ciudad. Llegamos al hotel. La habitación está en el subsuelo y no tiene ventanas. Así y todo es un alivio poder cerrar la puerta y descansar un rato, sin gente alrededor. Mañana nos enteraremos de que en realidad no hay agua caliente, terminaremos usando una palangana en la habitación, pero no importa, hoy es hoy, todavía no lo sabemos y descansamos. Lo mismo que en Delhi, aislarse en la habitación por unas horas, no importa que sólo sea una tabla con cuatro patas, sin almohadas y con una colcha sucia para los dos. Son las dos de la mañana, ya pasamos media hora tocando timbre en la calle, ya vimos las vacas por primera vez, la gente durmiendo, las caras levantándose de los rincones para vernos más de cerca, el fuego entre la basura y las manos calentándose. Ya pasamos la autopista con elefantes y camellos saliendo de la niebla, el chofer del taxi preguntando first time in Delhi?, y nosotros mirando por la ventanilla el chasis de un camión que avanza con su conductor envuelto en una frazada y sentado sobre un cajón de verduras. Así que nos tapamos con las camperas y a dormir.

De vuelta en Xian. Me duele la cabeza. Hay olor a humedad. Intentamos descansar pero la puerta tiene un respiradero, cubierto con un tejido metálico, por donde entran las voces y la luz del pasillo. No nos dieron llave de la habitación. Para entrar tenemos que mostrar una tarjeta de acrílico a la mujer que lleva todas las llaves enganchadas en un círculo de chapa. Dos tubos fluorescentes iluminan la habitación separados por un ventilador. Me duele la cabeza. Estoy cansado.

Está oscureciendo y el aire se enfría. ¿hasta donde seguiré con estás hojas? ¿me limitaré a recordar el viaje? ¿y cuando termine qué? Bien podría ser la historia de un segador, alguien empecinado en interrumpir el crecimiento de alguna cosa. Ahora la postal que Ariel envió desde Cusco. La mujer campesina en cepia. Las arrugas en las manos y los ojos escondidos en la sombra del sombrero. Estábamos en Jaisalmer cuando Ariel, el domador de leones, decidió volver a Buenos Aires. Quería ver qué pasaba con la novia que había dejado. El tema era que ella quería una casa y un marido y él quería deshacerse dando vueltas por el mundo. Cuando me lo contó supe que no sería grato el reencuentro, y que aún así debía hacerlo. Duró algo así como dos semanas. La novia, la ex, conoció a un vendedor de seguros por internet y ahí están los dos, enamorados. Ahora la voz del domador llega desde Cusco. Mis hermanos de conciencia, los imagino llenando de luz la casa que pronto visitaré. Recorro tierras sin huellas y sus palabras me acarician como el viento. Espero que este rostro salado y virando historia se recueste como una bolsa de años sobre tu espalda. Nunca olviden que “esto” es sólo un juego. Sólo un juego.

Año nuevo en Old Delhi, antigua capital de la India musulmana. La calle es un caos. El aire se mueve denso por el humo. Las bocinas de los rickshaws y los scooters no paran un segundo. Se camina por la calle, no hay veredas, esquivando, negando con la cabeza y escapándose de todos los que te quieren vender algo. En las miradas se prolonga una tensión que generalmente desaparece cuando uno sonríe. Main Bazar, la calle más turística, donde están los hoteles y los negocios más baratos. Occidentales comprando ropa para vender en Europa. Nos salimos de acá. Siguen las bocinas, desaparecen los occidentales, sigue la muchedumbre. En una esquina un grupo de chicos juegan al cricket. Entramos en una calle de donde parece venir la música. Nos llaman. Nos hacen señas. Están festejando algo. Nos convidan bolitas de arroz o mazapán, vasitos de whisky. Nos pintan un tercer ojo naranja en la frente, con el dedo. Bailamos con ellos en la calle y todos se ríen. Luego de un par de intentos logramos irnos. Estamos felices, excitados, no entendemos nada de lo que acaba de pasar. Seguimos caminando hasta que se hace de noche. Cenamos. Volvemos al hotel. Encontramos la noche, de pronto en la pieza, mirando una vela apagarse. La llama alargándose. El pabilo que se tuerce y se apoya lento sobre un charco de cera. La llama se achica y entonces el fuego blanco desaparece. Una delgada línea roja se comprime hasta que sólo queda un punto, una ínfima cabeza, luego un hilo de humo y por último el cuervo, la noche.

El cielo está cubierto de nubes grises, casi transparentes. El viento las corre y se muestra el resplandor naranja del atardecer. Es el momento del día en el cual el sol parece detenerse a observar el mundo por última vez, una vez que lo haga la oscuridad crecerá aceleradamente. Crece el frío. Tomo unos mates. Prendo la estufa. Tierras sin huellas ya no existen. Te tomás un avión y en horas estás donde querés. En horas también te das cuenta de que sólo sos uno más, como en casa. Como en el tiempo. Ambos pisoteados hasta el colmo. En todas partes hay postales. Como una cosa. Las mujeres que escribían postales en el hotel de Agra, cerca del Taj Mahal, mientras nosotros nos reíamos del dueño, me acuerdo de eso también.

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