Vivencias

Literatura rusa del siglo XIX presente en la Angola del XXI

Los escritores Leon Tolstoi y Fedor M. Dostoievski forman parte del elenco de autores clásicos de la literatura universal. Lo son fundamentalmente porque vienen en la mayoría de enciclopedias y colecciones de libros que no pueden faltar en cualquier estantería familiar que se precie como tal, junto a Homero, Cervantes, Flaubert, Shakespeare… y porque con el tiempo los países en el que un día vivieron los han convertido en una especie de armas culturales. A veces estos libros son incluso leídos.

Pero más allá de su uso como objetos decorativos, los clásicos siguen siéndolo porque expresan en pasado los recurrentes problemas de la condición humana

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Enfocando la literatura rusa hacia África, el caso es que el modelo de sociedad que se puede leer en El Idiota, Guerra y Paz, Los Hermanos Karamazov y otras obras de la buena literatura rusa del siglo XIX aparece con todo su esplendor en la Angola del interior del siglo XXI.

Y aunque los trabajadores coman en otra mesa un plato diferente, cumplan obedientemente las órdenes que se les dan, duerman en un sitio peor, o vayan con la mirada baja… éstos son apenas detalles únicamente de algo que va más allá.

En cualquier caso lo relevante en todo esto es que estos personajes existentes en la Angola rural siguen conociendo y viviendo bajo el mismo régimen de dominio y esclavitud que los descritos en esas obras del siglo XIX.

El amo, el starosta, los mujiks y los siervos, que son personajes típicos de Rusia, cambian de nombre y época para convertirse en o patrâo, o chefe, los trabajadores del campo y los habitantes de los poblados… y es aquí donde empieza la historia vinculada a la vivencia.

En un viaje hecho al interior de Angola contamos con un interlocutor que llamaremos K. y que era un tipo cabal y parcialmente intruso en Kakengue, un pueblito cercano a Catete, que ni siquiera he podido encontrar en Google Maps.

K. era extranjero y trabajaba en la explotación maderera sobre la que giraba la vida en Kakengue. Como conocía lo que visitábamos por primera vez, sabía contextualizar el mundo en el que estábamos, entendía la sorpresa y la continua confusión que vivíamos los otros extranjeros que visitábamos el poblado. De hecho estaba bastante acostumbrado a los contrastes que produce el interior de África e iba comentando e intentando explicar lo que pasaba con el fin de darle cierto sentido y razón a algunas situaciones chocantes.

De entre todas, una me llamó mucho la atención: el acceso a la comida de los habitantes del pueblo.

Vivir dentro del área residencial de la empresa maderera implicaba tener aseguradas tres comidas. Estar fuera, no. Parece un detalle menor pero no lo es. Los niños con lactancia materna de madres con una única comida al día crecen menos y están en una situación peor para afrontar enfermedades. Las madres prefieren estar dentro del área de operaciones de la empresa maderera para que sus hijos tengan más posibilidades de vivir. Las que están dentro son envidiadas por las que no están. Indirectamente los habitantes de fuera del campamento se benefician de la empresa en forma de contratación, agua, ayudas médicas, caminos limpios de minas… pero el contraste es radical entre estar dentro o estar fuera. Sin ningún ánimo de exagerar, puede resultar cuestión de vida o muerte.

K. no es imbécil. Cuando le comento el parecido del poblado con la sociedad rusa del XIX comprende a la perfección hacia donde voy. Asiente e incluso llega a afirmar: los habitantes de Kakengue pertenecen a la empresa, dice K. Nos pertenecen. No a mí, pero sí al Gobierno. Esto parecerá una salvajada, pero no lo dijo apenado. Cuando individualizaba esa afirmación en las personas que se cruzaban en el camino les consideraba unos privilegiados. Y creo que muy probablemente tenía razón al decir que tenían suerte de vivir así como semiesclavos.

La alternativa a este régimen de propiedad y/o de semiesclavitud es limitada y conduce básicamente a la miseria y la muerte. Los habitantes de Kakengue no son conformistas o cobardes. Se trata de supervivencia pura y dura, la misma que pretenden corregir filósofos como John Rawls con sus teorías para cambiar las cosas.

Ser un esclavo puede ser una bendición. ¿Dónde queda la libertad cuando la alternativa es la muerte? A los habitantes que viven en Kakengue nadie les espera con los abrazos abiertos fuera de su poblado. A su forma, también ellos defienden sus privilegios, que no son pocos hablando de Angola.

Kakengue estará a unos 100 km. de distancia de Luanda, la capital de Angola, y es un poblado afortunado por contar con instalaciones médicas, con alguna que otra escuela en la zona, con trabajo, un río cercano… que vamos viendo poco a poco, pero la aventura para extranjeros llega a su fin. El domingo por la tarde nos marchamos del poblado. Nuestras vidas siguen indefectiblemente otro camino diferente, abrumadoramente más fácil, por ser blancos, europeos, sanos, con estudios, con dinero

El último adiós es para la guapa Teté, una de las cocineras, que empieza a mostrar una incipiente barriguita. El padre quizá sea alguno de los desgraciados que la pululan a ella y al resto de las mujeres del poblado para olvidar sus putas miserias personales, las mismas que les hicieron olvidar que también un día ellos fueron personas y se asustaron al ver la mierda que habita en Kakengue, fuera o dentro del poblado. Ahora son parte necesaria de ella.

La próxima vez Teté nos pide que le traigamos unas sandalias nuevas. Prometido si volvemos.

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3 comentarios sobre “Literatura rusa del siglo XIX presente en la Angola del XXI

  1. Sólo por el hecho de leer, pensar e intenar saber el porqué de las cosas estemos nosotros más jodidos. No quiero parecer un gilipollas, asi que estoy hablando sólo de “sufrimiento” mental, por el hecho de “intentar” cambiar esto, como lo haría en su día John Rawls.
    Quizá todavía tengamos la sensación, y no sólo una vez sino varias, de que deberíamos al menos haber intentado volver para darle a Teté su chanclas, seguro que las espera. Y aun habiéndoselas llevado tarde, lo agradecerá sin rencor.

    He tenido doble suerte, el haber nacido en situación privilegiada, y el haberme dado cuenta de ello. Pero la “mala suerte” de tener que vivir con ello.

    Gracias a “sobre hoteles”.

    1. Sí, lo de volver a ver a Teté resulta muy simbólico como vivencia aunque hayan pasado unos años y probablemente quien pueda leer esto no le verá la importancia que tiene.

      Pero sí, es como una pequeña herida abierta por la que sangran todos los recuerdos de un año de vida en Angola. Lo que vimos, lo que olimos, lo que pensamos, lo que vivimos.

      ¡Un abrazo Héctor!

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