Lugares

A un lugar tan extraño que empezábamos a sentirnos únicos

Me levanto temprano. Una mañana de enero en Jaisalmer, India. A veinte kilómetros de la frontera con Pakistán. Agarro mis cosas y salgo sin hacer ruido. Hay poca gente en la calle. Los negocios están cerrados. Las vacas comen tranquilas entre las bolsas de basura. Bajo por una calle angosta, me alejo del pueblo y a medida que avanzo el Fuerte de arena parece crecer. Un antiguo Fuerte construido en arena, el sol naranja de la mañana le pega de lleno, lo tiñe, lo hace fosforecer.

Alguien se despierta entre unos matorrales. Envuelto en telas camina unos pasos y frena para mear. Un grupo de pájaros gira sobre el fuerte. Tengo frente a mí el fuerte, ahora ocupado con locales comerciales,  sobre una colina y el pueblo desplegado a sus pies. Camino hacia el lago que según me dijeron queda después de aquella ruta que veo adelante. Pasan camiones y camellos arrastrando carros cargados con piedras enormes. El pueblo vive de los extranjeros y de sus excursiones al desierto. Nos advierten que en algunos hoteles te echan si no les contratás la excursión.

Voy cruzando la ruta y el camino sube un poco, se empina. Donde deja de subir hay una línea de árboles y abajo, cerca de la orilla, dos o tres construcciones tipo gaths. Me siento en una de las escalinatas junto al lago. Una mujer se está lavando la cara y un hombre espera con su flauta sentado sobre el césped. El sol continúa subiendo y ya no es posible ver el fuerte detrás de los árboles.

Un chico se me acerca y sonríe. Sé lo que quiere. Me mantengo distante, miro hacia otro lado. El pibe se decide y estira la mano. ¿One rupi? ¿one rupi? Muevo la cabeza diciendo que no. Me levanto. Entonces veo un grupo de turistas occidentales que visitan el lago. El hombre comienza a tocar su flauta y el chico se les acerca con cara de distraído. El silencio de los pájaros, del agua, de la luz del sol sobre la superficie, se corta de repente, se derrumba con las voces, los escucho. Sacan fotos. Filman. Comentan. Hacen preguntas al guía y éste responde cortés. Alguien se acerca y ofrece su camello como modelo fotográfico. Camino hacia la costa opuesta donde no hay césped, ni flautas, ni gaths, ni nadie, sólo unos árboles retorcidos y un grupo de cuervos que se mueve de copa en copa. Tienen plumas brillantes y son azules de tan negros que son.

La tierra está seca. Los turistas sacan sus fotos y se van cuando llega el próximo grupo. Se critican como gallinas.

En realidad lo que nos molesta es que haya otros, parecidos a nosotros, cuando nos fuimos tan lejos, a un lugar tan extraño que empezábamos a sentirnos únicos.

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2 comentarios sobre “A un lugar tan extraño que empezábamos a sentirnos únicos

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